Carolina Convers - FIGURA Y NATURALEZA

FIGURA Y NATURALEZA

Obra reciente de Carolina Convers


INAUGURACIÓN

Jueves, marzo 15 de 2012, 7:00 pm


EXPOSICIÓN

Marzo 15 a Abril 12 de 2012

Carolina Convers o la coherencia de una mirada

 
Hace más de 50 años, el crítico británico Lawrence Alloway utilizó la expresión “cultura popular” que hoy, a la luz de los vaivenes de la plástica, ha adquirido un significado tan amplio como para seguir afectando y, a veces, determinado numerosos vericuetos del arte. Aunque en lo personal no comparto la idea de llamar “neo-pop” a ciertas manifestaciones inspiradas en la tendencia de los sesentas por considerar, más bien, que el movimiento aún esta vigente y, en consecuencia, que hablar de neos es casi un desplante, la partícula “POP” evoca, en una primera instancia, una etapa muy brillante de la creación y estimula esa sensación de intemporalidad que tiene la estética de lo habitual tal y como consiguieron capturarla los grandes del género como Wharhol, Rauscernberg, Lichtenstein, Oldenburg o Hockney. La revisión, o tal vez la insistencia en una de las directrices claves del siglo XX, ha retroalimentado una evolución plástica nada caduca, ha llegado a ser un paradigma y, desde luego, se plantea como un punto de partida de algunos de los más significativos sondeos de la contemporaneidad. Eso incluye a ese posmodernismo cuyas huellas siguen determinando un lenguaje. Por supuesto, a la mayoría de los repasos que los artistas actuales realizan del “POP” suele faltarles el sello de una autenticidad, o más bien de una legitimidad, que solo garantiza el ahínco de un trabajo serio de reconocimiento e identificación, así como la investigación y la aceptación sin ambages de las fuentes.  

 

Es con exactitud esa pesquisa profunda alrededor de un universo tan rico en formas, en colores y sobre todo en conjeturas y en premisas lo que le ha permitido a Carolina Convers realizar un planteamiento propio y sui generis en su quehacer plástico y encontrar una ruta cuya legitimidad no deja dudas al tratarse de un tanteo que, ante todo, parte de un rigor conceptual y que desemboca en un nivel pictórico poco común. Ella, al nutrirse de cuanto la rodea, no vacila en sumergirse a conciencia en un momento artístico de gran trascendencia, lo acepta con la fuerza de una afirmación pero lo analiza con  hondura y explora todas las posibilidades que le señala para relaborar momentos y aún modos bajo una óptica propia. El camino, amén de permitirle hallar numerosas e inesperadas soluciones creativas, la lleva a conmoverse con su entorno, a reírse a veces de él, impregnándolo de humor, o a vincular al espectador con unos chispeos muy refinados de sensibilidad y hacerlo así participar de un amplio surtido de imágenes y de códigos propios que le han permitido ir estableciendo una forma muy singular de mirar, llena de aristas y de sugerencias, con la que acaba por impregnar cada uno de sus trabajos. Lo asombroso es que la artista no se ha contentado con aceptar el innegable ascendiente de los grandes maestros del Pop y, a veces, convertirlo incluso en homenajes; ha ido mucho más allá: con el fin de forjar un estilo, un lenguaje con una gramática propia como corresponde, ha indagado en otros cimientos y las conclusiones la han llevado a asumir una posición privilegiada gracias a la cual en las diversas piezas se descuben las señales de numerosas averiguaciones que las enriquecen y les otorgan, a la vez, un sello inconfundible. A menudo se advierten, por ejemplo, los rezagos de una suerte de expresionismo posmodernista, así como el uso de la fotografía a la manera de los grandes surrealistas como Man Ray e, incluso, la huella de algunas  vinculaciones con la abstracción.

 

Mucho más allá de lo puramente formal, las obras de Carolina Convers tienen una eficacia conceptual que se relaciona con una intención y, como es natural, con el contenido. Eso les otorga una individualidad distintiva. De hecho, en cada propuesta parece encontrarse una revisión propia del alrededor, a menudo crítica, y además impregnada de ese ese mundo, íntimo quizás pero al mismo tiempo colectivo, entre alucinante y real, que, a la postre, parece estar determinado por una permanencia del cambio y en todo caso por una cierta nostalgia. En sus trabajos, que por su puesto son figurativos pero a veces no tanto a partir de un conceptualismo muy definido, el colorido, el diseño, la sutil referencia a lo industrial, las huellas de un consumismo a ultranza, las reseñas permanentes de eso que suele llamarse fashion, están presentes como testimonio de una evidencia y, a la vez, como demonstración de la existencia de un vestigio o quizás de una vinculación con los laberintos de la memoria.  Si lo impecable de una técnica pictórica, que de entrada genera un inusitado interés, es otra de las características de las obras, la insistencia en observar la frivolidad, a veces hasta con una cierta afección juega un papel determinante y se convierte, a la vez, en tema central y en hilo conductor. El asunto tiene que ver con lo cotidiano  y con la reminiscencia pero también expresa la necesidad de generar una reflexión permanente por parte de un espectador cuya óptica, además, se enriquece por momentos con un cromatismo fascinante y con el hallazgo de rastros muy sugerentes de las influencias y señales de unos sondeos minuciosos.  Por momentos, se tiene la impresión de que la artista quisiera sintetizar en la conjunción de caminos, en apariencia contradictorios pero a la postre y en la singularidad de sus trabajos complementarios, una plástica propia que surge de la profundidad de un trabajo lleno de propósitos que tampoco desconoce, como resulta apenas natural en una época mediática, la importancia de una gráfica que sugiere nuevas formas de aproximación al hecho estético. 

 

La coherencia es una virtud que pocos creadores plásticos poseen en el panorama contemporáneo. No obstante, en el caso de Carolina Convers es posible, desde los primeros trabajos suyos, señalados por unos manchones de color que parecían guardar relación con la búsqueda de una especie de neo-abstracción, y hasta cierto punto con la abstracción expresionista pero llena de un colorido detonante, descubrir un hilo conductor que le ofrece al espectador la posibilidad de seguir una conexión solida y pasearse con desparpajo por un sinnúmero de sensaciones y por una exploración formal inquietante y a la vez llena de referencias a la cotidianeidad. En otras palabras, un surtido de elementos se entrelazan en una obra de gran aliento y de una notable ambición, y llevan a transitar por unos caminos donde se conjugan la riqueza de la forma con la poesía, con la intención, con la metáfora y hasta con el humor. El universo de Carolina Convers, es como ocurre con los mundos de los más significativos artistas, ambiguo porque se enriquece tanto de lo intencional como de lo inconsciente sin prejuicios y, por supuesto de esa mirada alrededor del arte pop y de su propia lectura de lo popular. En síntesis, una sucesión de análisis y de cavilaciones que conjugadas con maestría producen una obra llena de singularidades y, en todo caso, de una frescura sutil y ciertamente insólita.

 

Fernando Toledo